Procesos participativos y administraciones complejas

Vuelvo en el autobús al lado de una chica cubana que habla con David, habla continuamente con un relato importante no urgente, expresa y concreta razones. Yo la escucho porque a pesar de lo celosa de intimidades que soy, está tan cerca y habla tan a viva voz que mis neuronas no pueden obviarla. 

Todos vivimos en ciudades diferentes, aunque vivamos en el mismo lugar, los caminos son para sí, siempre, aunque vayamos en el mismo medio de transporte, igual que mi familia no es la tuya, ni siquiera mi familia es la familia de mi padre, para él somos otra, cada uno tiene su imagen, cada uno vive la circunstancia de lo real de una forma diferente y construye diferentes sensaciones alrededor de eso. 

Los que pensamos para que los demás vivan mejor y saquen todo el partido de su realidad y que el territorio salga ganando con el cambio, estamos entrenados a pensar en cabezas ajenas a modo de comprobación de que las respuestas funcionan en diferentes perspectivas funcionales y emocionales, que funcionan en lo íntimo y también en lo público que acaba siendo parte del mismo hilo trenzado. 

Estoy entrenada para ser cotilla y criticona, bueno, crítica.

Hala, ya lo he dicho. 

Con lo discreta que soy. 

¡Ay! 

Paso a través de Bueu con el autobús, lo cual es una verdadera delicia que no se disfruta tanto en coche por el consabido punto de vista que mis alumnos me escucharán decir este año –como todos– tantas veces por clase. La costa, La Roiba de Molezún,

ROIBA

 Lapamán, la playa por definición. Paraísos delicados que conservar. Ya casi en la frontera con Marín, la casa inglesa.

 Aquellas personas que nos hemos criado en Menorca, tenemos la capacidad inaudita de ver pertinente una construcción inglesa en cualquier lugar: La casa inglesa fuera de contexto como algo natural. Aunque en Menorca podría considerarse histórica, eso es otro tema. 

Para el bus casi delante, pocas veces para en el Arrieiro, qué casualidad.

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Granate y blanca, de ladrillo visto pintado, perpendicular a la cota, esbelta, armónica. Como esa parte de la cultura inglesa que me place. No como los calcetines rojos con sandalias en la playa. Ojo, que con los años los he acabado apreciando para maravilla de mi aprender a ver también. 

La casa está bien, así vista desde un poco más arriba con el autobús, reflexiono que la crujía es ciertamente parecida a nuestra crujía tradicional aquí, reflexiono que un buen arquitecto muy cerca de aquí ha hecho una interpretación de nuestra tradición constructiva a contracota Herzogmeuroniana que también ha requerido de un esfuerzo de reflexión popular.vilariño

Y en esto de hacer crítica intensa de todo, me pongo en cuestión para poder llegar a apreciarla, fuera de contexto: Tampoco debe ser tan diferente nuestro clima, nuestra vegetación, nuestra topografía… si en algún lugar una casa inglesa pudiera estar correctamente implantada, ese lugar podría ser Galicia y Bueu, tal vez, incluso.

Un poco de remilgamiento, un poco de subrayado bold en contratipo.

Bien, pero raro.

Con los años, y con la tesis, cada vez soy más generosa con la arquitectura con intención, la que sea que no sea la especulación.

En resumen, acepto la casa, pero me cuestiona sobremanera cada vez que paso. Me cuestiona tanto mi yo proyectista con mi niñez, que al volver a pasar con coche esta vez, al lado de mi compañero que pocas palabras mías necesita para saber por dónde voy, dije

” … ESA CASA…”  

A lo que me respondió, 

“Es la casa de muñecas de la hija de mi amigo, le preguntaron a ella antes de hacerse su casa ella dijo “como ésta” y se hizo así”

Cuando volví de Venus, hice un esfuerzo por alcanzar a decir un elocuente

“¡¿QUÉ?!”

A lo que me respondió generosamente,

“Unos padres como tú y como yo, respetuosos de la creatividad y capacidad de propuesta de nuestros hijos, decidieron llevarlo hasta sus últimas consecuencias.”

Me he visto forzada a  recordar la intensa discusión que hubo en la Fetsac con motivo de la retirada del uso comunitario de la Cárcere de Coruña, el post anterior, sobre los procesos participativos, que no funcionan, que son un fraude, que empresas de participación que buscan -de nuevo- beneficios, se quieren aprovechar con estos procesos de la sabiduría atesorada por los habitantes o conocedores de los temas con frases como “pásame eso por escrito, que ya lo incluyo en el informe” o “dame esa investigación sobre la escena que tienes que parece interesante para incluir”, ante lo cual yo abogaba por ser un poco positiva, por apostar por participar de las instituciones en lugar de verlas como el enemigo y por la cosabida frase de “mejor una idea media llevada hasta las últimas consecuencias, que muchas buenas ideas pisadas unas con las otras”, en lo que a un proyecto se refiere. 

Si la casa me cuestionaba al pasar, ahora es peor, mucho peor. 

Lo que se habló en aquella discusión de la Fetsac sobre la evolución perversa de los procesos participativos, he tenido ocasión de vivirlo personalmente unos meses después: abuso de empresas de servicios de participación de aquellos profesionales reconocidos a los que llaman para la asesoría sobre espacios, que hacen que una buena o buenísima iniciativa política acabe convirtiéndose en la más sucia especulación del conocimiento, “dame esto tan interesante por escrito” a cambio de nada y para nada, tirando de tu implicación, la que lleva al profesional del urbanismo, del patrimonio a ceder buena parte del tiempo que tenemos para querer a nuestros queridos a una buena causa noble, para que otros especulen con tu saber. 

Me ha costado un par de meses volverme a poner en positivo.

La participación en la que creo es en la de libre agregación y en la del reconocimiento económico del saber, si hay recursos para todos, en la de compartir los trabajos y las implicaciones de una forma coherente y respetuosa. Creo en la participación de llevar adelante una idea que no sea la perfecta, pero que sea lo suficientemente buena para que aporte muchas cosas que antes no estaban. Creo en los pasos pequeños. En que algunos procesos, por ejemplo rehabilitadores y de segundas vidas en el patrimonio, conllevan fracasos parciales que a pesar de todo nos llevan por un buen camino. 

Tuvimos una discusión la directora del Museo Massó de Bueu  y yo sobre la rehabilitación final del protoastillero de Purro –en el paseo que os relaté el otro día–,  ya que fue una de las primeras veces que una administración local se atrevió a conservar una pieza tan poca cosa. 

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Lo hicieron con un concurso público. 

Lo ganó un proyecto que parecía poca cosa, contenido, con el propio beneplácito (y posterior descontento ante la realidad construida) de dicha directora en el jurado. 

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Sólo aquéllos que más acostumbrados estamos a leer concursos, vimos lo que se avecinaba, que fue una sustitución tosca y posterior  ‘belenización’ del astillero. 

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La discusión fue porque yo dije: lo de Purro, no bien, pero no mal.

Hace muy pocos años (2005) que se cargaron la patrimonializable enorme nave de Massó para una promoción: tenemos que ser conscientes de los avances del patrimonio y no quejarnos de que el resultado aún no es lo que deseamos como bueno, porque corremos el riesgo que de las pesadas y burocráticas administraciones dejen de hacerlo bien, porque no nos vale nada. 

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Porque un verdadero proyecto ganador habría sido un proyecto de procesos, de cuidados paulatinos de esta estructura delicadísima, capaz de resistir los embites de las olas a través de los años  mejor que cualquiera de las casas de piedra a su lado. Un proyecto de procesos que cambiase todos los meses piezas, que repusiese tornillos o bulones,  piezas de cubrición o trozos de estructura de madera, de pilares, de cerchas,… que lo mantuviese en activo como taller dos Galos de Bueu: habría sido el gran proyecto.

El gran proyecto mudo, que nunca habría ganado un concurso de arquitectura, NUNCA, y  que nunca habría sido aceptado por una administración local por invisible, al menos una administración de hoy, espero que sí una administración de mañana.  

No se hizo bien. Pero no se hizo mal, nadie lo hizo mal, la administración en lo que yo sé se comportó ejemplarmente, los arquitectos, trabajaron primero para ganar un concurso y luego para hacer un museo de la construcción de ribera, el jurado era bueno, era multidisciplinar y sabedor de lo que se traía entre manos, bien: Lo obsoleto es el proceso, lo obsoleto es el musealizar para matar algo…

¡Que estaba vivo! ¡Coño! 

Hala, ya estoy yo sin contención otra vez.

Y yo, discutí con Covadonga que tenía toda la santa razón para estar enfadada, porque los primeros pasos son así, no bien, pero no mal. 

Por una vez un proceso rehabilitador y administrativo entendía protección al casi nada, ahí también encima Oficina de Planeamento con su Plan de Bueu,… todos en sintonía para acabar fallando el concepto de Concurso de Arquitectura y también el concepto de Museo, ambos un poco avejentados por la realidad de procesos emergentes, la realidad de que no podemos influir tanto en un objeto acabado, porque nos cargamos su naturalidad. 

Y sin embargo, seguiré defendiendo que las administraciones sigan el proceso de pedir proyectos, de pedir que se piense, de abrir la mente a aceptar que un casi nada puede ser patrimonializable, seguiré manteniéndome positiva porque el territorio lo debe, porque es la única actitud posible del urbanista, porque si lo de Purro no estuviese bien, ninguna otra administración local de la zona va a volver a pedir concurso ni proyecto, porque TOTAL, PARA RECIBIR CRÍTICAS IGUAL, MEJOR HACEMOS LO QUE NOS DÉ LA GANA, y eso no lo voy a permitir, por la parte que me toca jugar en esta partida territorial. 

Y es por eso por lo que el otro día reprendí duramente a mi amigo Miguel Reimúndez, al criticar la inserción en el paisaje del Parador de Muxía, también a concurso público, retirada la dirección de obra al arquitecto ganador, por circunstancias que desconozco.

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(Y -esto para Echarte- este arquitecto no ha dejado de pagar -y hasta donde yo sé, correctamente- a todos los colaboradores que a lo largo de los años han sido muchos.)

Habiendo tanta designación a dedo, saltándose todos los canales de la ley de contratos por la tangente, con ingeniería de pliegos por parte de las administraciones para evitar “que nos piensen, no nos vayan a decir lo que no queremos, no vaya a ser que tengamos que abrir la mente”, que creo que es una irresponsabilidad de nosotros los que nos dedicamos a esto, que nos pasemos de puristas, porque nos lleva no a la perfección, sino al hartazgo del todo vale. A la derechización del territorio, y como me encanta decir que dice Josep María Montaner, “No hay un urbanismo de derechas y otro de izquierdas, el urbanismo es de izquierdas, de derechas es la especulación”. 

Cuando, enfadada, le llegué a Juan Luis Dalda con un documento urbanístico de Coruña que a mi modo de entender era “ofensivísimo” para el tejido de esa zona, él me dijo, “Mira, Iria, no está tan mal, no estés tan enfadada o no vas a poder aportar”.

Quiero ser generosa y consciente del lugar de la partida que ocupamos, observante, quiero que de verdad hagamos la diferencia, aunque no se note mucho. Quiero ser flexible yo también, quiero hacer que las cosas puedan funcionar mucho mejor, que aunque no sean ideales  sí no sean especulativas, arbitrarias, gratuitas en deseo y carísimas en dinero público.

Y dicho todo esto. Quiero aclarar al hilo de la cuestión, que menos mal que nunca nos hemos hecho una casa, y que no le preguntamos a Manuela sobre ello. 

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